
Contra los Politiqueros de Oficio
En su canción A Quién Engañas Abuelo, el cantautor norte santandereano Arnulfo Briceño, dice: “Aparecen en elecciones esos que llaman caudillos, que andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos, y al alma del campesino llega el color partidizo, y entonces aprende a odiar hasta el que fue su buen vecino, todo por esos malditos politiqueros de oficio”. Quizá esta estrofa sea la más completa radiografía de lo que ha sido la política nacional en toda su historia. El odio, la mentira, el revanchismo y el robo han sido los motores que mueven el ejercicio de lo que se conoce dizque como administración pública en Colombia, y esta situación ha llevado, a su vez, a que los ciudadanos de a pie confundan el ejercicio político con el sectarismo ideológico y partidizo, el cual desemboca en la necesaria homogenización y, por lo tanto, en la aniquilación de la diferencia, de lo otro, de mi enemigo. Prueba de esto es un río de sangre, más grande que el Magdalena, que nace en 1810, que atraviesa todo el territorio y que, últimamente, no parece tener desembocadura aparente. Pero, echemos un vistazo más de cerca, así nos cause repulsión, a la asquerosa anatomía de ese Deinos-Sauros que llaman politiquero de oficio.
Su formación es en Derecho o en Economía. De hecho, Colombia es el segundo país con más abogados del mundo[1], encontrándose por encima de países como Brasil o Estados Unidos. Los politiqueros dicen que, desde pequeños, han querido ser presidentes de la república y para eso se educan. Es que, paradójicamente, hay una especie de sentido de la justicia y de la solidaridad en boga que motiva a todo el mundo a querer ser administrador público; todos quieren el bien del pueblo, librarlo de los traidores, de los malos gobiernos, esto es, de los del otro partido político. Por eso estudian Derecho o Economía, porque ellos sí saben, innatamente, cómo hacer las leyes y usurpar la mano invisible de Adam Smith -aunque, estos politiqueros, dirán que de ningún modo la usurpan, sino que no la obstruyen. Son defensores del Estado mínimo, pero, otra vez paradójicamente, han estado toda su vida parasitarios de éste. En realidad, ellos defienden ese tipo de Estado porque ya se apoderaron y convirtieron en negocio todos sus ministerios; si apoyaran lo contrario, les tocaría deshacerse de ellos.
Su mejor estrategia de gobierno es la propaganda. Negar los logros de los que no sean del Partido, adueñarse de la palabra y de la imagen en todos los espacios de comunicación e información, calumniar y acribillar moralmente al que esté en contra del estatus quo y, por último, mandarlos a callar. Recordemos lo que dijo el nefasto Coffinhal antes de mandar guillotinar a Lavoisier: « La République n’a pas besoin de savants, ni de chimistes ; le cours de la justice ne peut être suspendu ». Asimismo, en Colombia, todo el que se atreva a no ser del Partido, sin importar quién sea, será, si tiene algo de suerte, removido de su cargo, atropellado moralmente o, al fin de cuentas, un buen muerto.
[1] Redacción negocios y economía de El Espectador (2017). https://www.elespectador.com/economia/colombia-el-segundo-pais-con-mas-abogados-en-el-mundo-articulo-698171
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