Por: José Eliécer Palomino Rojas.

Transcurrido un día tan caliente y brillante, no imaginamos que tan de repente, le fuéramos a ver las bonitas figuras a las nubes. Calentó y calentó, de tal manera, que vimos que el C.A.I. atardeció con más bochorno de lo habitual; pues se asemejaba a un horno de panadería. Nos gusta la brisa suave que mueve las ramas de los árboles, porque su vaivén nos permite oxigenar nuestros pulmones y además nos recuerda que tenemos una forma de amortiguar la sed.

Desde hace poco, ciento de transeúntes han recorrido por el parque y por el C.A.I; los que se dirigen para sus hogares, los que llevan a quienes van para los hoteles o residencias, después de haber acordado cierto tiempo de encuentro, unas veces lleno de hedonismo, amistad o mala fama; los que viven del rebusque, los lustra botas, los que trabajan, los que no trabajan y hasta algunos pensionados que ganaron la gloria después de haber sudado su frente, en un tiempo más de 60 años…. Vemos que comenzaron a llegar hombres organizados: Unos a pie, con un palo en las manos o guindado a la cintura; otros montados a caballo con una pañoleta amarilla asegurada al cuello; pasan algunas bicicletas, carros, canastas llenas de mecatos, tinto, perico, cigarrillo empujadas por algunas personas; también pasan patrullas y motocicletas.

Por suerte las nubes se hacen bastantes inmensas y eso ayuda que nuestros lugares de recorrido sean más llevaderos. El agua de las piletas grandes y pequeñas se van enfriando, los muros, las pequeñas rejas las bancas también; y lógico, la estatua y las escalas de Simón Bolívar, las canastas de los rebuscadores bulliciosos, de aquellos que gritan, que se carcajean y todo el tiempo dicen: Tinto, perico, cigarrillo, cremas de mango con sal y limón, conos y paletas.

Hoy hemos atardecido con mucho deseo ardiente de comer. Hemos decidido a cometer el hallazgo de comida, pero enseguida aterrizaremos para iniciar este riesgo. ¡Lógico!, que enseguida deberemos atravesar la gran estatua de nuestro libertador Simón Bolívar y la amplia zona peatonal, por donde pasan esos caballos gigantes y esas canastas rodantes, esos muchachos con esos palos en las manos y esos rebuscadores.  Hemos escuchado que le dicen carabineros, a los de los caballos gigantes, a los de las canastas rodantes le dicen mecateros o venteros y a los muchachos organizados con palos en las manos le dicen la tomba o polochos; pero su nombre profesional es el de autoridad o policía. Francamente no vemos diferencias, pues todos son iguales de grandes. ¡Es tan incomodo y riesgoso, pasar por el sendero peatonal y las calles! Cada vez que nos entusiasmamos a pasar, vemos que vienen unos de esos gigantes y nos toca regresarnos de nuevo. Cada vez intentamos pasar y cada vez tenemos más pánico…

Ahora si logramos, por fin pasamos. Llevamos tantas horas aterrizando y caminando que perdimos la noción del tiempo… El problema es que cada vez, tenemos más hambre y todavía no sabemos cómo lograremos tener la primera comida de este atardecer.

Seguramente, no tenemos forma de escaparnos; ahora si a enfrentarnos a esa gran selva de cemento y a esas bandadas mutantes.

¡Es asombroso!, esas bandadas son tan parecidas a nosotras (os), su tamaño y olor nos es bastante familiar… Aterrizar y caminar encima de tantos bultos movedizos no es fácil. No entendemos como todos aquellos, los que gritan, y llaman a sus clientes, se la pasan caminando en medio de todos estos malos olores. Seguimos sin concretar que será la cena, y este recorrido es bastante exhausto. Los vendedores ya hace mucho rato empezaron a gritar con gran ahincó sus ventas. Debe haber transcurrido un buen tiempo y por fin tenemos esperanza, de comer algo: Hay unos tómbolos de basura a la vista, ojala que uno de esos venteros gritones, gamines, o parejas hedonistas hayan dejado por lo menos unas buenas migajas de comida.

No habrá mucho, pero alguna cosa encontramos, y sin tanta hambruna las cosas cambian un poco. De todas maneras, aunque no es lo que más nos guste hacer tendremos que atravesar el frente de la calle, porque en los andenes, aceras y alrededores de los restaurantes, cafeterías y cigarrerías siempre encontramos algo bueno para comer, cruzar esas calles no es fácil y nos agitamos mucho rato; porque tantos pasos de gigantes de dos patas, cuatro patas o de grandísimas ruedas son un riesgo muy grande y a veces mortal, para nuestras vidas… Claro que primero descansaremos un poco de tiempo en el C.A.I;  no correr el riesgo y hasta de pronto lograremos hacer una siesta pequeña.

Debe ser tiempo de víspera seis de la tarde, porque se sienten, las oraciones de algunos salmos y el ángelus en la catedral metropolitana de Medellín; y el frio está muy penetrante.

Nos habían dicho que esta era una ciudad fría y no nos ha parecido demasiado, por lo menos hay unos meses en que no sentimos nada de frio. Los gigantes de grandes ruedas no paran de pasar, los de cuatro patas a ratos son mas, los venteros gritones de tinto, perico, cigarrillo también a ratos son mas; y en otros ratos se lo llevan esas señoras (es) que los llaman trabajadores (as) sexuales a los lugares que acordaron por un tiempo corto o por un tiempo largo, o por un peso más o por un peso menos.

Hemos decidido no cruzar el frente de la calle y más bien hemos regresado a nuestros árboles, en los que vivimos hace mucho tiempo; estamos cansadas (os), y adoloridas (os), creemos que es por esos garrotazos y esas piedras que nos aventaban esos gamines y que nos afligirán por unos pares de días. ¡Esto de ser palomas es un riesgo!

 

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