Por: Fernanda Guarín

 

La pasión y deseo desbordante que nos trasladan a un encuentro sexual nos llevan a pasar por alto el encuentro con el ser, nos arrebatamos la ropa, nos besamos sin freno, en menos de un momento pasamos al protocolo del sexo oral, o ha pasado mucho tiempo cuando pasamos a la penetración buscando afanosamente el orgasmo, principalmente el masculino, que por supuesto es mucho más sencillo de conseguir que el femenino. En estos sencillos pasos acaba el coito. Luego de este furtivo encuentro, luego de saciar el deseo, ahora y corriendo con suerte, comienza el encuentro sexual. Las miradas, las risas, ahora se explora con detenimiento el cuerpo que se tomó rápidamente. Recorremos la piel, ahora sin tanto afán de saciar la penetración, la sexualidad debe superarla.

La pornografía nos ha hecho mucho daño, nos ha dejado sin ideas y nos ha entregado un manual en cuatro sencillos pasos hasta llegar al orgasmo: 1. besos, 2. sexo oral, 3. penetración, 4. orgasmo. Nos reducimos a la estimulación de la genitalidad y ¿dónde queda el extenso órgano sexual por excelencia: la piel?

Como si toda la preparación fuera por y para la penetración. La excitación garantiza las condiciones necesarias por ésta, no para el goce en sí mismo. No nos damos cuenta de que todo comienza luego del orgasmo, este no es el fin sino el inicio de todo un descubrimiento.

Todo es sexo, menos el sexo. Aunque es más preciso hablar de sexualidad.

El coqueteo, el subtexto, lo que decimos sin decirlo, las miradas, las caricias, los besos, la respiración, la exploración y luego de la etapa “coital” viene el reconocimiento con el otro más allá de lo carnal.

El sexo ha sido uno de los temas más consultados, más leídos, de mayor misterio, aunque sea tan cotidiano, posiblemente mientras lees estas líneas, miles de millones de personas están teniendo un orgasmo. Quizá el secreto de nuestra curiosidad radica en que nos lo han puesto en la cumbre más alta, como algo magnifico y esto no se corresponde con la realidad, buscamos las respuestas para tener el sexo “maravilloso” de las películas de porno y Hollywood, las cuales lo pusieron lejos de nuestro alcance por eso lo buscamos insaciablemente como buscamos a la felicidad.

La educación sexual que hemos recibido es a través de la pornografía en cualquiera de sus presentaciones. La pornografía nos ha privado de utilizar la imaginación en la “cama”. No hemos sido educados para la creación y exploración, para la apropiación de nuestro cuerpo y la vivencia de nuestra sexualidad.

En la medida que tengamos una educación sexual para el disfrute y el placer, tomaremos decisiones asertivas y podremos tomar decisiones de con quien compartir nuestra sexualidad. Nos han educado en la culpa, la idea de sexualidad en la que nos han inscrito está relacionada con lo sucio, con lo impronunciable. De la sexualidad no se habla, no se escribe, ni siquiera se insinúa, esto es lo que ha hecho que tomemos malas decisiones bajo la presión y la culpa. Esta es la causa de que muchas mujeres no hayan alcanzado un orgasmo, porque sienten que no pueden disfrutarlo.

Socialmente nos han formado a las mujeres para no disfrutar del sexo, la que lo disfruta y públicamente lo denuncia recibe el calificativo de “puta”. Los hombres son los verdugos y las mujeres las víctimas. A los niños se les dice “hay que respetar a las niñas”, y a las niñas se les dice “cuide su tesorito”. Desde la infancia se nos inscribe en dos lugares que cargan social y simbólicamente a los dos sexos. A las mujeres nos prohíben disfrutar y entre menos parejas sexuales tengamos “más respetables somos”, a los hombres se les carga con el hecho de que siempre tienen que disfrutarlo. Caperucita es el cuento que mejor describe nuestra relación y posición frente a la sexualidad. Una niña desprotegida con sus “galletitas” y el lobo hambriento que quiere devorarla.

La sexualidad inicia desde el coqueteo, las miradas, el relacionarnos con otros, el agradarnos o no empatizar, la sexualidad es mucho más amplia que el pequeño aspecto en el que nos la plantearon, más que aquel cuarto oscuro de lo prohibido, de lo sucio. Somos seres sexuados desde que nacemos hasta que morimos, pero nos prohibieron disfrutar de ella y explorarla, la colocaron en un claustro más alto que nosotros.

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