Por: Steven López Londoño

En Colombia pasa un fenómeno muy particular, vivimos en el siglo del Alzheimer, olvidando lo que debe ser recordado y recordando lo que debe ser olvidado. A través del tiempo los grandes mártires y libertadores han sido víctimas del genocidio del olvido, cuyo cómplice ha sido el transcurrir de los años, viniéndose cuesta abajo como una borrasca de lluvia en la montaña, derrumbando las paredes y circunscripciones de los vientos; el pasado y el presente. Estos deberían tejer un eterno romance, donde las bodas de oro sean la eternidad de los acontecimientos. El 17 de junio del 2018, la historia reclamaba, gemía sonidos indelebles, los ríos y los valles reunían las gotas de miedo, amargura, dolor, zozobra y esperanza del capitán y libertador Liborio José Apolinar Mejía y Gutiérrez de Lara. Parecía como si su alma recorriera los pasos y se transportara en su indomable caballo en una odisea del pasado al presente, recorriendo el trecho camino de su génesis. No hablo precisamente del jardín del Edén, sino del fantasmagórico paraíso y extinto nombre de la ciudad Santiago de Arma de Rionegro, conocida en la actualidad por el seudónimo de la cuna de la libertad. Mientras galopaba con el ímpetu que lo caracterizaba, agitaba la ondeante bandera de la memoria, haciendo eco en el asta sus batallas libradas; Palacé, Boquerón, Buesaco, Calibío, Tacines, el Palo y Juanambú. El asta se hizo corta, la sed de venganza por la historia, hizo que en el aire se propagaran las termitas y el comején, el verdugo del destino despareció todas las partes de la bandera, escapándosele otros nombres de batallas libradas por el independentista, con el ánimo de no llegar tarde y pasar inadvertido aquel 17 de junio del 2018. Las personas que lo acompañaban en el cementerio de las gestas y victorias lo enarbolaban, agasajaban y motivaban a despertarse del maltrecho sueño profundo, gritándole: “Bolívar le dijo al coronel Rondón salve usted la patria”, nosotros le entonamos, salve usted la historia. Finalmente Liborio Mejía logró llegar a tiempo, su caballo criollo casi desbocado y deshidratado, se refrescó y revivió como un ave Fénix, pareciendo un pegaso, al ver que el libertador llegaría a tiempo antes de la sepultura de su nombre en el escurridizo título como el presidente más joven en la historia de Colombia. Mejía al tratar de preparar su defensa quebró en llanto, acompañado de un efecto catártico, pero gracias a la fuerza del tiempo, cuya aparición y escena parecía una osa en búsqueda de sus oseznos, promulgó lo siguiente: la osadía con la que quieren exterminar ingenuamente el noble título de Liborio José Apolinar Mejía y Gutiérrez de Lara, como el presidente más joven en la historia de Colombia, es la consecuencia del genocidio del olvido. Recuerden, él fue presidente a los 24 años de las Provincias Unidas de la Nueva Granada el 30 de junio de 1.816, reemplazando a Custodio García Rovira, siendo ese mismo año fusilado por Pablo Morillo en la reconquista española, se preguntarán porqué mencionar el hecho trágico, pero lo que no sabían sus verdugos es que su nombre se inmortalizó en la célebre frase de batalla: “vencer o morir”. En ese instante se confabuló la pluma del presente y la tinta del pasado, donde el viento sirvió de papiro y la tarde como pergamino, retumbando desde el cielo una vociferante voz; salve usted la historia.

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