Es tan ambiguo el concepto de “bueno o malo” como lo es la expresión “personas no heterosexuales” que utilizó el senador Álvaro Uribe Vélez para referirse a un grupo poblacional del país con fines no muy gratos. Lo es, puesto que el humano es un ser tan complejo, que al menos para mí, es imposible clasificarlo en una sola categoría. Pienso que tratar de categorizar a las personas en “heterosexuales” o “no heterosexuales” es obsoleta y digna de un desconocimiento absoluto de la diversidad, no sólo sexual, sino también, psicológica, cultural y social de la estructura humana.

No es claro entonces, a quién se está dirigiendo el senador cuando llama “personas no heterosexuales”, ya que las posibilidades son muy amplias: homosexuales, bisexuales, transexuales, transgénero, pansexuales, travestis, intersexuales, asexuales, etc., y mucho menos, si lo que en realidad está pretendiendo es que el grupo poblacional denominado “heterosexual” se reduzca a una relación de hombre-mujer hasta que la muerte los separe, cuando hasta en esa combinación existe diversidad: hay personas demisexuales, sapiosexuales, metrosexuales, etc. Y, como si fuera poco, si le damos una mirada más amplia al espectro, con todas estas combinaciones, las posibilidades pueden ser casi infinitas.

Por tal razón, categorizar a la población que no se define como heterosexual en “personas no heterosexuales”, es cruzar la línea de la discriminación y el respeto a la diferencia en un país que de por sí ya es diverso cultural, étnica, política y socialmente. No me imagino si dicha expresión se traslada a otras esferas: “los no blancos”, “los no indígenas”, “los no ricos”, “los no católicos”, “los no europeos”, “los no bonitos”, “los no enfermos”, “los no inválidos”, “los no gordos”. ¿Ahora sí se entiende la dimensión de tales palabras? Definitivamente, no podemos permitir que esta sociedad retroceda a la Edad Media.

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