El génesis de la lambonería en Colombia

El génesis de la lambonería en Colombia

 Por: Edwin Villa

Siempre me he cuestionado el comportamiento contradictorio de muchas personas que son capaces de traicionar sus ideales cuando se encuentran con la oportunidad de tener una situación de poder, de fama o de dinero, al punto de despojarse de sí mismas para obtener lo que desean. Tal es el caso de las personas que critican a muerte el regueatón pero si se encuentran de casualidad con algún cantante famoso de dicho género, no dudan en tomarse una selfie con él (aunque manifiestan nunca haber escuchado sus canciones), o esos sujetos mezquinos que lanzan dardos a los homosexuales, a las mujeres o a los afros, pero si su nuevo jefe es homosexual, mujer o de tez negra, cambian de retórica y comienzan a lanzar dádivas a dichas comunidades, y ni qué decir de los que aún se atreven llamar “presidente” a Uribe o decirle “doctor” a Iván Duque, cuando el primero hace muchos años que no es presidente y el segundo, ni siquiera tiene un doctorado. A todos estos comportamientos -que son sin duda oportunistas-, el argot colombiano, los resume en una exquisita palabra: “lambonería”, y a los que la usan: “lambones”. Lastimosamente, vivir en una sociedad que nos impone “el éxito” a toda costa, hace inevitable que la lambonería, sea la única forma de alcanzarlo sin que se tarde demasiado. No obstante, ¿siempre ha sido así?, ¿siempre los colombianos hemos tenido que ser unos “lambesuelas” (sinónimo de lambón) para poder obtener lo que queremos, o ha habido otras rutas en las que no hemos tenido la necesidad de doblegar nuestra dignidad? Pensando en estos interrogantes y en muchos más que me surgieron luego de filosofar sobre el tema, fue que decidí tener una conversación con una amiga mía que es historiadora de la Universidad Nacional, con el objetivo de poder aclararlos y tener una perspectiva más amplia de esta cuestión que considero, atañe a todos los colombianos.

Lo primero que deseaba saber era el origen de la lambonería en Colombia, desde cuándo el colombiano se acostumbró a ser un lambón para poder escalar peldaños en la cúspide del éxito. Mi amiga María Alejandra Hoyos, considera que “desde la Colonia, con la llegada de negros y españoles a nuestro país y la mezcla de razas con los indígenas nativos, hizo que todo el lenguaje y todas las ideologías políticas, religiosas, sociales y culturales se modificaran, dejándonos expuestos a que nuestra cultura se esté intercambiando e incluso dejándose absorber por las demás. En estos momentos, la cultura que estamos absorbiendo es la cultura machista mexicana, cada vez se utilizan más palabras como “orale”, “wey”, “mi cuate” para promoverla. Entonces, este acontecimiento hizo que el colombiano careciera de identidad propia y buscara llenarla ascendiendo a una mejor posición social entre esclavos, criollos, etc., y, esa búsqueda se ha ido transmitiendo de generación en generación”. Es decir, que según ella, los colombianos llevamos el gen de la lambonería en nuestra sangre. Pero eso no es todo, ella pone como ejemplo al caricaturista colombiano del siglo XX, Ricardo Rendón, que a pesar de ser un genio en su arte, nunca se afianzó en una postura política clara, pues siempre se acercaba al árbol que mejor sombra le diera con tal de que le publicaran sus trabajos.

Sin embargo, el gen de la lambonería, se extiende más allá de un campo meramente político o profesional hasta a afectar el entorno familiar; “el que más le lambe al abuelo, el que más le lambe a los tíos, el primo que vive en el extranjero y cuando llega todos los demás comienzan a lamberle para tener su cariño y que les empiece a enviar cosas o incluso se los llevé a vivir con él”. Tampoco es exclusiva de unas clases sociales, pues “mientras la lambonería en la clase alta se centra en una lambonería política, la lambonería en la clase media y baja, se aplica para cualquier situación de la vida, desde lamberle a un amigo porque tiene más dinero, lamberle a la pareja para que le regale un zapato o lamberle a alguien para que le dé un trabajo; aplica para todo”. Además, la clase intelectual tampoco se libra de ella “aunque se ve en todas las áreas, desde el área de las Ciencias Humanas, se ve mucho más; porque siempre los intelectuales están buscando el mejor contacto, el que más lo pueda beneficiar en su vida académica y laboral. Y, a veces, por la lambonería se le quitan oportunidades a personas que se han ganado las cosas por mérito. Aparte, en el mundo académico prima el machismo y el pensamiento de la mujer siempre queda relegado a un segundo plano”.

En definitiva, concluye ella, “la lambonería en nuestro país parece ser un mal necesario y al menos, una vez en la vida, el colombiano tiene que agachar la cabeza y “lamer suela” para obtener algo en la vida. Muchas veces la actitud, la capacidad, las habilidades, pesan menos que un “buen lambón” y aunque cada vez se abren más oportunidades a las personas que hacen méritos para merecerlas, el ego que necesita ser saciado del que está arriba y la falta de escrúpulos del que está abajo, en la gran mayoría de veces, resultan ganando la batalla por el camino al éxito. La lambonería es un mal social, un mal que no tiene cura”.

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