Por: EDWIN VILLA

 

 

 

Macondo, el pueblo ficticio que creó Gabriel García Márquez, no es otra cosa que una Colombia reducida a su mínima expresión, una Colombia pequeñita en otras palabras. Pues sólo en un país como el nuestro, suceden acontecimientos tan dignos de la ficción como que el fiscal anticorrupción sea juzgado por la justicia por “corrupto” y luego recibir una irrisoria condena por “su sinceridad” al denunciar a sus cómplices o como las elecciones presidenciales donde el debate se centra en los crocs de Uribe, los Ferragamo de Petro y los fantasmitas del “castrochavismo”, “Venezuela” y sus demás acepciones. Pero cuando pensaba que el país ya no tenía más argumentos para sorprenderme, llegan las elecciones legislativas y con ellas, la sorpresa mayor: se acaban los tarjetones de la consulta de la derecha y las personas tuvieron que votar en fotocopias que habilitó la Registraduría. Definitivamente, este país se “supera” a sí mismo. No obstante, me pregunto: ¿cómo es posible que esto suceda?, ¿cómo es posible que Colombia siga nadando en las aguas de la corrupción o la incompetencia y que siempre muera ahogada como un torpe náufrago?, ¿cómo es posible que nuestra sociedad sea un cuento macondiano donde la ficción se mezcla con la realidad tan brusca y toscamente?

Sinceramente, creo que Colombia es una historia de 360º, es decir, una nación que da vueltas sobre su propio eje para quedar en la misma posición y repetir los hechos históricos año tras año, década tras década, siglo tras siglo; es como si se cambiaran los personajes pero la novela siguiera siendo idéntica. ¿Cabe alguna explicación lógica para todo esto?

La única explicación que se me hace lógica, es que los colombianos pedimos un cambio, pero cuando éste se aproxima, nuestro espíritu mediocre sale a la vista y seguimos igual o peor que antes, creyendo en fantasmitas o quedándonos tranquilos en casa mientras los demás definen el futuro de la nación. Los colombianos no queremos un cambio profundo que nos exija nuevos retos y nos ofrezca nuevas oportunidades, los colombianos somos como aquel esclavo que reclama libertad pero cuando ella llega y se siente libre, está tan aferrado a su condición, que prefiere venderse a un nuevo postor y continuar siendo un maldito esclavo. Colombia no quiere un gran cambio, Colombia lo único que quiere es cambiar de amo. Y, seguramente, éste pensamiento se verá reflejado en las próximas elecciones si no tomamos conciencia como electores, revisamos nuestro pasado reciente y nos damos por fin cuenta que venimos cometiendo el mismo error en las urnas.

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