Hilada de protesta

En 1.896, específicamente en Bello se confeccionaba el preludio de una de las voces más disonantes y preeminentes en la historia de la clase obrera en el país. Contra todo pronóstico, de origen campesino, Betsabé Espinal se convertiría en un legendario personaje. No era para menos, con tan solo 24 años lideró una de las luchas laborales más apoteósicas del pueblo antioqueño, cociéndose un lugar en la áspera y escurridiza historia colombiana. Ni los 33 paros de trabajadores que hubo en Colombia entre el año 1.199 y 1.920, buscando mejorar las condiciones laborales. Los hechos resultaban  infructuosos, carentes de organización, prevaleciendo en ellos más el deseo emocional que el raciocinio ideológico. Las revueltas obreras más populares en aquella época fueron: los ferroviarios del Magdalena, los artesanos de Bogotá, los sastres y zapateros de Medellín. Aun así, no lograrían desmitificar lo realizado por Betsabé Espinal, enfrentándose a un sistema laboral contaminado por el orden clerical y práctica industrial de Europa.  En consecuencia, en 1.920 el 73% de la fuerza obrera en el Valle de Aburrá  estaba conformada por mujeres, solteras en el 85% de los casos. Ya que se consideraba una blasfemia ante la iglesia y la sociedad que las féminas abandonaran su hogar, teniendo como principal actividad asuntos netamente domésticos. Inclusive realizaron la siguiente publicación católica: “la fábrica es enemiga de las mujeres, enemiga de su cuerpo, de su alma, agotador de salud y envenenador de su virtud”. Era tanto el dominio de la iglesia en el sistema fabril que crearon los patronatos obreros, los cuales eran casas dormitorios para las trabajadoras solteras, administrados por monjas. Teniendo como objetivo moldear la conducta moral y social, evitando la posesión espiritual de las fuerzas intelectuales del socialismo y sindicalismo. A diferencia de otras gestas, labradas y finiquitadas en los campos de batalla a través de los cañones, armas y bayonetas. Ocupando la mujer un rol tras bambalinas, Betsabé plasmaría su victoria y papel protagónico gracias a su recio carácter, don de mando y oratoria. No sería en una trinchera o área de combate, la huelga tendría lugar en la Fábrica de Tejidos de Bello. No existía virrey, pero estaba Emilio Restrepo Callejas, el fundador de la empresa, uno de los empresarios más poderosos de Antioquia, además de ser concejal de Medellín. En 1.920 cuando estalla la huelga, dinamitada por Betsabé Espinal, la Fábrica de Tejidos de Bello tenía en su personal cuatrocientas mujeres y ciento diez hombres. Esta cifra no representaba ningún acto misericordioso y feminista, era la cuantificación de la explotación. En ese mismo año, precisamente el 12 de febrero, antes de la seis de la mañana, las líderes del paro se pararon en la puerta de la fábrica para convencer  a los obreros y obreras de no ingresar. Las mujeres en total aceptaron el llamado, tejiendo e hilando la más fina de las telas y costuras; la fuerza popular. Es preciso señalar que los hombres no atendieron al llamado, debido a esto le gritaban: “pollerones pendejos”. Las razones de la huelga en resumen fueron las siguientes: la igualdad de salario, una obrera ganaba entre $ 0.4 y $ 1.00 a la semana, los hombres ganaban por el mismo oficio entre $ 1.00 y $ 2.70. El cese al chantaje y abuso sexual por parte de los capataces, reducción de las horas laborales, autorización para ir calzadas al trabajo  y la eliminación de multas cuando se enfermaban. Durante la huelga, la cual duraría 21 días, el alcalde de Bello y las autoridades eclesiásticas de Medellín intentarían persuadirlas en su intento de continuar exigiendo sus derechos y mejoras laborales. Por el contrario, al tercer día de protesta Betsabé viajó a la ciudad de Medellín con una comitiva para propagar su mensaje de protesta en los medios, visitando la sede del Espectador, el Correo Liberal y El Luchador. Fue tanta la veracidad del mensaje y determinación de Betsabé y su delegación que hasta el presidente de ese entonces se tuvo que pronunciar al respecto. En definitiva, gracias al ímpetu de Betsabé y sus compañeras, lograron que algunos empresarios y autoridades departamentales ejercieran presión  a Emilio Restrepo. Finalmente él claudicó y aceptó las condiciones, regulando el sistema de multas, permiso para ir calzadas a la fábrica, aumento salarial del 40%, jornada laboral de 10 horas, más tiempo para almorzar, el despido de los capataces y administradores abusadores. En síntesis  Betsabé Espinal terminaría la hilada de protesta, después de 21 días de huelga se traslada a las oficinas de la fábrica en Medellín para ratificar el acuerdo. Llevándose tremenda sorpresa, en la estación del tren la estaban esperando cerca de 3 mil personas, engalanando y dignificando la última costura de su victoria.

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