Informe especial de El Tiempo.com

Este corregimiento de Puerto Triunfo busca cambiar su historia por medio del turismo sostenible.

Estuve en Puerto Triunfo, Antioquia, y no se me pasó por la cabeza visitar la hacienda Nápoles, que menos mal que ni avioneta empotrada tiene ya; el turismo morboso no es lo mío, ni en Colombia ni en ningún lugar del mundo. Tampoco paré en la tienda de Doradal en la que venden hasta réplicas de las armas utilizadas por el ‘Patrón’ y su séquito.


Por: Toya Viudes – Especial para EL TIEMPO

Viajé hasta este rincón de la cuenca del Magdalena Medio antioqueño en busca de otros planes, gente buena y ríos tranquilos donde ya no resuenen los endiablados motores de las embarcaciones de vicio y lujo.

Experiencias como liberación de tortugas son parte de este destino. Foto: Toya Viudes

 

Y, sí, de todo esto encontré mucho; también, una mastodóntica pareja de hipopótamos descendientes de los que llegaron ilegalmente desde África por capricho de Pablo Escobar, pero qué culpa tienen estos animales –que, por cierto, campan peligrosamente a sus anchas en campos y ríos sin que nadie haga nada– de tanto sinsentido.

Estación Cocorná es un corregimiento de Puerto Triunfo a unas tres horas por carretera de Medellín, durante muchos años golpeado sin piedad por el narcotráfico y el paramilitarismo, que busca cambiar su historia a través del turismo sostenible,entendiéndolo –y copio la definición de la Organización Mundial del Turismo– como una vía hacia la gestión de todos los recursos de forma que puedan satisfacer las necesidades económicas, sociales y estéticas, respetando al mismo tiempo la integridad cultural, los procesos ecológicos esenciales, la diversidad biológica y los sistemas que sostienen la vida. Y les aseguro que estos vecinos van por muy buen camino.

“Bienvenida a Cocorná, la estación de la alegría”, me soltó a modo de saludo y con una sonrisa de las que no se olvidan Estela Pájaro, maestra de preescolar, a la entrada del Centro de Protección y Conservación de la Tortuga de Río, pionero en Colombia, adonde llegué acompañada de su directora, Isabel Romerolíder social y ejemplo para muchos.

Chava, como la conocen sus vecinos y quien aprendió a leer y escribir pasados los 35 años, lleva media vida estudiando y luchando por preservar este territorio, que no la vio nacer pero donde vive comprometida con la educación ambiental, los humedales, las ciénagas, la recogida de basuras…

Y con las tortugas de río, las Podocnemis lewyana, endémicas de las cuencas del Magdalena y el Sinú, en peligro de extinción y que, menos mal, en el pueblo las han dejado de comerpara cuidarlas con mucho mimo.

Con tanto queno es de extrañar que Chava rompiera a llorar cuando abrió una de las cubetas de la incubadora y vio eclosionados algunos huevos, y las tortugas sacando su cabecita. Yo también me emocioné, no es algo que se vea todos los días, también con las que saltaron a la piscina de paso, frente a un grupo entusiasmado de turistas, en el primer contacto con el agua de su vida y a la espera de ser liberadas en el río.

Hice fotos, muchas; también al día siguiente, en la playa conocida como Costa Rica, donde liberamos diez tortugas nacidas en este tortugario inaugurado en 2010 gracias a la alianza suscrita entre Ecopetrol, la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare (Cornare) y la Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia (Corantioquia) a través del proyecto ‘Humedales de vida’.

Es una propuesta de transformación para la sostenibilidad del territorio, y desde dondese trabaja además por la educación ambiental de la comunidad con el fin de que comprenda y asuma su responsabilidad en el cuidado de ecosistemasestratégicos y las especies que los habitan.

Llovió fuerte anoche en la cabecera, yel río Cocorná Sur no amanece transparente como cualquiera soñaría, pero tras diez minutos navegando disfruto de su color, hoy turbio, y de los monos aulladores, que en este bosque son de color caoba rojizo y con una fuerte cola que les ayuda a adherirse; también, de las acacias centenarias, las garzas, los martines pescadores y del tucán de pico amarillo que, juguetón, asoma desde su escondrijo dentro de un tronco para saludarnos antes de continuar nuestro camino en las dos barcas con las que enfilamos el río.

¿Para dónde vamos? A la cascada del Oro, a la cual se llega tras un agradable paseo de selva hasta la bocatoma del acueducto; calurosa la caminata, eso sí, pero qué alivio que al final hay baño incluido.

Camilo Toro nació en Medellín, pero conoce muy bien este rincón de Antioquia. “A la finca que teníamos cerca de aquí llegábamos el primer día de vacaciones, y nos íbamos el último”, cuenta mientras tomamos un café en la cabaña que acaba de comprar en Estación Corconá, junto al río y donde tiene planeado abrir un hotel con su familia.

“Mi padre llegó joven a estas tierras y abrió el camino. Y ahora aquí estoy yo, en este lugar lleno de posibilidades y con un buen grupo de gente comprometidaque ha encontrado en el turismo una herramienta de convivencia, un impulsor del desarrollo y un vehículo de paz y reconciliación”.

Y tan claro lo tieneeste joven emprendedor que hace dos años puso en marcha Akua Tribu Viajera, una empresa de turismo enfocada a gente que busca experiencias diferentes.

En 1961 pasó el último tren de vapor por las vías del Ferrocarril de Antioquia, y en el 2000 dejó de circular el de carga entre Santa Marta y La Dorada, que hace tan solo unos meses volvió a ponerse en marcha en horarios restringidos.

Con los rieles prácticamente sin utilizar y dificultades para transportarse, los habitantes del Magdalena Medio antioqueño idearon un sistema de trasporte innovador, rápido y económico: la moto-mesa, un armazón de tablas con rodillos que la llanta trasera de la motocicleta de Gabeta, nuestro conductor, impulsa por la vía.

“Podría traer a mis turistas hasta aquí en carro, pero se perderían esta experiencia”, me dice Camilo –bueno, más bien me grita, porque con el ruido que hace este artilugio en el que vamos es la única salida–. Vaya aventura viajar en un transporte así, y qué paisaje tan lindo.

El postre del almuerzo es queso con guayaba sobre hojas de bijao. Foto: Toya Viudes

 

“A Camilo le cambié los pañales, y mira lo que son las cosas; después de muchos años, ahora me ha dado la oportunidad de trabajar juntos y mostrar a los turistas nuestra cocina tradicional”, me confiesaRosmira Correa mientras preparara en la cocina de su casa de Puerto Triunfo los fiambres que llevaremos de almuerzo al río, preparados con arroz, tajada de maduro, papa salada, huevo duro, carne y chicharrón y envueltos en hojas de bijao.

Y claro que nos saben a gloria divina –también el postre de queso con guayaba– cuandolos comemos sobre un mantel de hojas, con cubiertos de madera y acompañados de bebidas en botellas de vidrio reutilizables, fieles a la filosofía de ‘cero plásticos’ de Akua Tribu Viajera, y antes de bajar plácidamente sobre unos flotadores un buen trecho del río. Qué delicia, buen plan para la familia.

El Grillo, Pao, Chava, Camilo, Alejo, Carrango, Burro, Chapu, Veneco, Luna, Pele, Gabeta y muchos otros más: gracias por tanta hospitalidad y por el compromiso con el trabajo bien hecho,gracias por demostrarme que sí se pueden cambiar realidades y enseñarme, una vez más, que el único turismo que tiene sentido es aquel que involucra y respeta a las comunidades.

Por: TOYA VIUDES
Periodista y bloguera de viajes
@Colombiadeuna
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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